Crónica desde La Habana del convoy Nuestra América

Nuestra América no solo ha transportado recursos; ha transportado la posibilidad de rearticular un espacio político que el bloqueo intenta fragmentar.

Por Marta Martín / Mundo Obrero

La Habana no se entiende desde lejos. Hay que verla cuando cae la tarde, cuando la ciudad sigue moviéndose entre cortes de luz, colas, conversaciones en la calle y una vida cotidiana obligada a reorganizarse una y otra vez. El bloqueo deja de ser una palabra abstracta en cuanto se entra en contacto con sus efectos materiales. Entonces, ya no hablamos de una disputa diplomática ni de un conflicto retórico, sino de algo mucho más concreto: de cómo se dificulta sostener la vida.

El sábado 21 de marzo, a las 18:32, se produjo un apagón total tras una nueva caída del Servicio Eléctrico Nacional (SEN), la segunda en esa semana en la isla. En ese instante, en muchos hospitales del país el personal médico tuvo que mantener manualmente la respiración asistida en incubadoras para que los bebés pudieran seguir respirando. Esa escena basta para entender la naturaleza de la agresión. No son bombas visibles, pero el efecto material es el mismo: poner en riesgo la continuidad de la vida, deteriorar las condiciones de existencia, obligar a una sociedad entera a funcionar bajo una presión permanente. Por es,  nombrarlo como genocidio no es un exceso verbal, sino una descripción del modo en que esta violencia opera en el tiempo.

He pasado estos días en La Habana como parte del convoy solidario Nuestra América y, precisamente por esa experiencia directa, resulta todavía más evidente que cada acción que llevemos a cabo por Cuba no será solo un gesto episódico ni una mera operación humanitaria. Será una acción cuyo significado se inscriba en una estructura más profunda: luchar contra la persistencia de un criminal bloqueo que actúa no solo sobre la economía cubana, sino sobre las condiciones materiales de reproducción de la vida cotidiana. En ese contexto, cada envío, cada viaje y cada coordinación logística adquiere un carácter político preciso: intervenir en la materia allí donde el cerco intenta producir escasez, discontinuidad y dependencia.

La llegada del convoy a La Habana —tras atravesar una cadena de obstáculos administrativos, financieros y logísticos para las compañeras y compañeros que viajaban desde EE.UU.— evidencia que el bloqueo no es una abstracción jurídica, sino un sistema operativo que se despliega en múltiples capas. No se trata únicamente de la prohibición directa de comerciar, sino de la generación de fricción en los circuitos de pago, en los seguros de transporte, en el acceso a combustible, en la adquisición de piezas de repuesto o en tecnología.

Delegaciones de distintos países, organizaciones políticas, sindicales y sociales, así como militantes de base, hemos articulado estos días en La Habana, una red que ha puesto el foco en una asfixia que dura ya casi 70 años, contra un pueblo y contra un Gobierno por defender su soberanía y su patria frente a la garras del imperialismo.

Durante estos días en La Habana, el contacto directo con la realidad cubana permite observar cómo ese cerco se traduce en la vida cotidiana con una crudeza imposible de captar desde lejos. La dificultad para acceder a determinados bienes no responde a una incapacidad productiva interna, sino a una interrupción sistemática de las condiciones de suministro por parte de EEUU. Energía, medicamentos, insumos agrícolas o componentes tecnológicos aparecen como nodos críticos donde la presión externa se hace visible.

Pero esa presión no se expresa solo en estadísticas o en balances macroeconómicos. Se expresa en escenas concretas. Se expresa, por ejemplo, en el esfuerzo del personal médico que, ante los apagones, se ve obligado a bombear manualmente los respiradores de las incubadoras o a llevar a cabo operaciones bajo la luz de la linterna de los móviles. Se expresa en la vulnerabilidad añadida que introduce cada corte eléctrico sobre hospitales, centros de trabajo, transporte, conservación de alimentos y organización doméstica. Y se expresa con toda su crudeza cuando la interrupción del sistema eléctrico recuerda que el cerco energético es una forma de agresión material que irrumpe directamente en la vida social.

En este sentido, el convoy no solo transportó insumos o placas solares: transportó continuidad. Cada tonelada que llegó esos días a la isla, cada equipo que se entregó, cada intercambio que se estableció, reintroduce margen operativo en un sistema forzado a funcionar bajo condiciones de restricción permanente. Se trata de una forma de intervención que no opera en el plano simbólico, sino en el terreno concreto de la reproducción social.

Y, al mismo tiempo, permite comprender algo decisivo: que la sociedad cubana no está definida únicamente por el daño que recibe, sino también por la capacidad colectiva con que lo enfrenta. En medio de las adversidades provocadas por el bloqueo y el asedio de Estados Unidos, lo que aparece una y otra vez es una combinación de resiliencia popular, organización institucional y voluntad política de resistencia. No hay romanticismo en esa constatación. Hay trabajo, disciplina, improvisación forzada, capacidad técnica y una decisión colectiva de sostener la vida incluso en condiciones de máxima presión, bajo la dirección firme del gobierno revolucionario encabezado por el Presidente Díaz-Canel. Esa resistencia del pueblo cubano, del Gobierno y de sus instituciones, no elimina el sufrimiento que produce el bloqueo, pero sí impide que el objetivo del  imperialismo se consume.

La intensificación de las medidas coercitivas no es una formulación genérica. Tiene una fecha precisa. El 29 de enero, Donald Trump firmó una orden ejecutiva que declaró una emergencia nacional respecto a Cuba y habilitó la imposición de aranceles adicionales a los productos de cualquier país que venda o suministre petróleo, directa o indirectamente, a la isla. Esa decisión convirtió el bloqueo energético en un instrumento todavía más agresivo de estrangulamiento, porque no solo persigue limitar los flujos directos hacia Cuba, sino intimidar y penalizar a terceros Estados, navieras, intermediarios y operadores que puedan sostener el abastecimiento. Su objetivo es claro: elevar el coste de funcionamiento del sistema cubano hasta hacerlo inviable. La solidaridad internacional actúa, por tanto, como un mecanismo de compensación parcial que reduce ese coste impuesto y denuncia abiertamente la arquitectura de coerción que lo produce.

Pero hay una segunda dimensión, no menos relevante. El convoy produce también un efecto de visibilización. Frente a la narrativa que intenta naturalizar las dificultades de Cuba como resultado de su propio modelo interno, la experiencia directa permite identificar el carácter estructural del bloqueo. No se trata de una interpretación ideológica, sino de una constatación empírica: cuando los flujos materiales son interferidos de manera sistemática, el resultado no puede ser otro que la escasez.

Esa comprensión no surge solo del análisis, sino también de las conversaciones mantenidas estos días. De forma reiterada, personas con las que hemos hablado —trabajadores, sanitarios, conductores— expresaban con claridad una idea que atraviesa la sociedad cubana: se niegan a ser colonia de nadie. No como consigna vacía, sino como posición material frente a un entorno de presión constante.

Esa posición se hace visible en experiencias cotidianas. Como la del taxista que nos trasladaba en su mototaxi eléctrica desde el Vedado hasta La Habana Vieja, que explicaba cómo por las mañanas recoge a personas que van a trabajar sin exigirles pago si no pueden asumirlo. Incluso a nosotros nos insistía en que no era necesario pagarle si no podíamos hacerlo. No se trata de un gesto aislado, sino de una práctica que revela una lógica social: en condiciones de restricción extrema, la reproducción de la vida se apoya en la cooperación directa, en la solidaridad concreta, en la idea de que la continuidad colectiva depende del sostenimiento mutuo.

Ese tipo de escenas no anulan la dureza de la situación, pero permiten comprender su contracara estructural: allí donde el bloqueo busca fragmentar y aislar, emergen formas de vínculo que refuerzan la cohesión social y la capacidad de resistencia.

Tenemos que tener claro que cualquier iniciativa de solidaridad, debe tratar de articular mecanismos efectivos que incidan sobre las condiciones materiales. Esto implica desde la facilitación de intercambios hasta la presión institucional en nuestros parlamentos y en las instituciones europeas para modificar marcos normativos que, directa o indirectamente, reproducen el cerco.

El convoy Nuestra América demuestra que, incluso en un entorno de alta restricción, es posible generar espacios de cooperación que mantengan abiertos los circuitos de vida. No elimina el bloqueo, pero introduce discontinuidades en su funcionamiento. Y en esas discontinuidades se juega, en gran medida, la capacidad de resistencia de la sociedad cubana.

Cuba no está sola. No como consigna, sino como hecho material verificable en cada envío que llega, en cada vínculo que se establece, en cada circuito que vuelve a funcionar. La solidaridad, en este caso, no es un gesto: es una infraestructura en construcción permanente.

De ahí que el sentido último de iniciativas como las del convoy no deben reducirse a ayuda puntual. Deben inscribise en una lucha más amplia contra un dispositivo de coerción que vulnera de forma sistemática los derechos humanos y las condiciones materiales de vida de todo un pueblo. Frente a la arremetida del imperialismo estadounidense, lo que se debe desplegar no es únicamente resistencia interna, sino también una red internacional que deje claro la ilegitimidad del bloqueo y que trabaje activamente para erosionarlo.

Porque lo que Estados Unidos ejerce contra Cuba es una forma de violencia estructural que actúa sobre la vida. Es, en términos materiales, un genocidio. No son bombas visibles, pero operan como tales. Cuando un sistema impide el acceso a energía, medicamentos o suministros básicos, el efecto material es indistinguible de otras formas de agresión: deterioro de las condiciones de vida, sufrimiento acumulado y riesgo directo sobre la población. Nombrarlo con precisión no es retórica, es describir su funcionamiento.

El desafío no es solo sostener envíos o convoyes, sino consolidar esa red como una infraestructura política estable: capaz de intervenir en los circuitos materiales, de presionar en el plano institucional y de disputar el marco desde el que se intenta normalizar el asedio.

Más de 120 organizaciones, alrededor de 650 activistas y representantes políticos de 33 países participamos en esta caravana internacional, configurando una arquitectura de cooperación que ha desbordado lo testimonial. Quienes hemos estado estos días sobre el terreno hemos podido comprobar que no se trata de una suma dispersa de apoyos, sino de una coordinación internacional real, sostenida y operativa, capaz de mover ayuda, presencia política y capacidad de denuncia en medio de un escenario deliberadamente hostil. Las imágenes y testimonios difundidos durante el recorrido muestran no solo la llegada de materiales, sino la densidad organizativa que sostiene el convoy: coordinación internacional, trabajo militante sostenido y capacidad de operar en condiciones adversas. Esta acumulación no es anecdótica; señala la posibilidad real de articular redes transnacionales capaces de intervenir, aunque sea parcialmente, en los efectos materiales del bloqueo.

En ese sentido, Nuestra América no solo ha transportado recursos; ha transportado la posibilidad de rearticular un espacio político que el bloqueo intenta fragmentar. En este horizonte, cada gesto cuenta. Pero no como símbolo, sino como parte de una acumulación concreta.

La tarea es clara: ampliar, sostener y organizar esa solidaridad hasta convertirla en una fuerza capaz de abrir, de manera duradera, los circuitos que hoy se intentan clausurar.

Porque lo que está en juego no es únicamente Cuba, está en juego mucho más, porque Cuba es la causa de la humanidad.

¡Cuba no está sola!

(*) Responsable de América Latina y el Caribe del Partido Comunista de España y miembro del convoy Nuestro América

Tomado de Cubainformación

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